La segunda guerra mundial nos dejó imágenes y testimonios de personas que habían visto, vivido, perdido a toda su familia en hornos crematorios. El mundo se escandaliza cada año con la conmemoración del día de las victimas del holeocausto, pero esta pesadilla no termina en Europa.
Hoy he encontrado esta noticia sobre hornos crematorios creados por los paramilitares (guerrillas colombiana de extrema derecha), donde al menos unas 200 personas fueron incineradas. 
Una hecho que seguramente quedará para el recuerdo y los culpables estarán reinsertados y en libertad.
“En la vereda Juan Frío de Villa del Rosario en Norte de Santander (límites con Venezuela), un sitio conocido como “trapiche viejo” inspira temor y respeto. Los que pasan por ahí instintivamente se echan la bendición y aceleran el paso. Y es que allí, cerca de un trapiche abandonado hoy cubierto por la maleza, los paramilitares construyeron en 2001 un horno crematorio que funcionó hasta 2003 y en el que incineraron los cadáveres de más de 200 víctimas.
No hay rastros de cenizas o carbón, y pocos se atreven a hablar en voz alta sobre lo que allí pasó o a visitar el horno que, según cuentan, Rafael Mejía, ‘Hernán’, entonces jefe paramilitar de Villa del Rosario, construyó a comienzos de 2001. Una casa abandonada y los restos de un trapiche en el que hay cruces pintadas dan testimonio de que allí la muerte estuvo presente. Como hoy está presente el miedo porque en la zona rondan las llamadas Águilas Negras.
Todo comenzó un miércoles de marzo de 2001. Unos paramilitares llegaron en una camioneta Blazer blanca en la que llevaban a varias personas amarradas. “Eran como las 11 de la mañana y hacía mucho calor -relata un testigo-. No recuerdo cuántos eran, cuatro o cinco, pero los tuvieron rato junto al trapiche viejo. Suponía que les iba a pasar algo pero cuando uno vive en zona de guerreros ‘come callado’ o si no termina igual”.
Horas después, cerca de las 6:00 p.m., el testigo pudo comprobar que las personas fueron asesinadas: junto al trapiche donde habían construido el horno, yacían los cuerpos y allí permanecieron varios días. “Uno pasaba con la cabeza agachada, olía a diablos, nadie los recogía porque la orden era que el que lo hiciera moría, solo podían acercarse los gallinazos -relata-. Dejaron secar los cadáveres al sol y cuando ya estaban casi solo los huesos, los pusieron en la parrilla del horno… No sabría decir a qué olía”.
Para seguir leyendo el reportaje haz clic aquí









